Ayer descubrí una vez más que “el mayor espectáculo del mundo” no es el circo, tampoco una película, sino el teatro, una ventana a un mundo de fantasía donde los sueños pueden hacerse realidad, donde aquellos “freaks” de Tod Browning se convierten en auténticos monstruos teatrales en escena, madres y padres de un colegio maravilloso (así lo recuerdan mis hijas), el Colegio Nuryana, con interpretaciones magistrales de actores aficionados. Como el personaje de Orrú, ese payaso triste que nos recuerda a un Joker, aunque más conmovedor y encarnado soberbiamente por Irene Fernández Fuarros , acompañado por las extrañas hermanas Klauss, la vidente Madama Pott, el forzudo Brutus, el ventrílocuo Guido, el taumaturgo Nosferatu, la bella trapecista Piccola, la mujer barbuda Basilia, el malabarista Gastón, el estudiante/aprendiz de mago Antonini, también en el rol del siempre necesario “público”, y todos los que allí estábamos haciendo nuestro papel y aplaudiendo la función de “Carrusel,” basado en el texto de Alberto Rizzo y representado en el Teatro Príncipe Felipe de Tegueste, en Tenerife.
¡Enhorabuena y viva el teatro!





