Deborah y yo nos conocimos en una playa de Normandía cuando una mañana, desafiando a un viento enojado que me peinaba con violencia, paseaba mi tristeza por la arena de la ría de Honfleur. Nos había presentado Françoise, aquella joven escritora francesa afín a la Nouvelle Vague y de vida social desenfrenada que había adquirido una mansión cerca de los casinos de Deauville.
Yo, por entonces, ahogado en deudas y en el ocaso de mi carrera literaria, era prisionero del dolor tras aquel divorcio a la americana que había reactivado mi adicción al alcohol y a las drogas. Deborah, consciente de mi masculina fragilidad, hizo todo lo posible por cuidarme como una abnegada enfermera voluntaria durante la Primera Guerra Mundial.
Tomábamos juntos el té de la tarde, que siempre me obsequiaba con simpatía. Paseábamos entre jardines británicos con narcisos negros y nos dejábamos seducir por su afrodisíaca fragancia. Víctimas de tal hechizo, acabamos escapando juntos de una región minera en la jungla africana, huyendo de la tempestad insurgente en la India y besándonos tumbados a la orilla del mar en el Océano Pacífico.
Ella era de una elegancia innata, en extremo recatada, una reina virgen, una dulce princesa de corte balcánica, una institutriz puritana, una pintora de rígida moral, reprimida sexualmente y, aparentemente, “fría como un iceberg”. Además, a la escocesa pelirroja con pecas le sentaban bien los hábitos con crucifijos en el Himalaya al igual que las túnicas de esclava cristiana en la épica Roma antigua. Sin embargo, Deborah también era capaz de prostituirse por un noble fin, seducir a un joven alumno de identidad sexual aún por definir y encarnar un tórrido romance de un erotismo visual más allá del bien y del mal.
Yo, en cambio, fui un temerario aventurero, con la etiqueta de perfecto desconocido. Un cónyuge extraño, un marido inmaduro, un oscuro agente, un oficial veterano… Capaz de fundar Pensilvania o de dedicarme a la venta masiva de armas, mientras ella rodaba en Londres, con los alemanes bombardeando la ciudad simultáneamente.
Confieso que, a pesar de nuestras diferencias, Deborah y yo vivimos un gran amor y hasta pudimos tener, fruto de nuestros románticos encuentros de rodaje, un hijo que, como ella intuyera, pagaría con su desprecio mi egoísta desvelo por él, o una hija y una nieta inesperadas al cabo de tantos años de ausencia.
Mas finalmente llegó el invierno y, tras una separación sin fecha de reencuentro que ya se anunciaba peligrosa, Deborah y yo rompimos nuestro compromiso. Ella empezó a sospechar de mí y, aunque yo era inocente, asumió el papel de viuda de guerra engañada y testigo de cargo. El destino y nuestras vidas errantes nos obligaron a sentarnos en mesas separadas, en el castillo del odio y la intimidación. Solo Dios sabía que nuestra relación era quimérica y anacrónica, por más que cuestionáramos a los fantasmas y ritos demoníacos tras el ojo del diablo.
Hoy, refugiado en esta butaca frente a la gran pantalla, contemplo una retrospectiva de medio centenar de películas de esta majestuosa soberana del Séptimo Arte, a su vez diva de los acreditados escenarios de Broadway y de los versátiles platós de televisión, como si fuera un rojo atardecer, difícil de olvidar, y fácil de reconocer, como una iguana en la noche atada al extremo de una cuerda, símbolo de tantas vidas.
Deborah, la aristocrática y prudente dama, que sí sabía a dónde iba, que cantaba y bailaba, la mujer soñada, sin pasado, adúltera, pareja con química de los grandes galanes de Hollywood, a las órdenes de los mejores directores de la historia del Cine, hoy me mira con sus azules ojos divergentes y me pregunta indignada: “César, si tantas veces fui nominada ¿por qué no gané ningún Óscar como mejor actriz principal por alguna de mis películas? ¿Por qué solo me dieron un premio honorífico cuando ya más de setenta arrugas delataban mi edad avanzada y me habían convertido en abuela de miniseries televisivas?”
No supe qué contestar a tan legítimo reproche y derramé alguna lágrima denunciando aquella injusticia de la Academia del celuloide para con toda una mujer, que delante de la cámara había hecho frente a lo paranormal y, en la vida real, a la enfermedad de Parkinson. Tampoco llegaba a entender por qué la primera escena de su carrera cinematográfica, interpretando convincentemente a la cigarrera de un club nocturno, se descartó en la sala de montaje.
Por favor, créanme. Los héroes también lloran y siempre hay que dejar una página en blanco sin escribir, con suspense medido, por si algún día amaneciera de aquí a la eternidad.
A la memoria de Deborah Kerr



