Carmen
del Puerto Varela

«La Humanidad en peligro»

Yo tendría más o menos la edad de aquella niña que caminaba como un zombi aferrada a su muñeca por el desierto de Nuevo México. Su mirada perdida y su mutismo cuando fue recogida por una patrulla de la policía estatal y el alarido que rompió su silencio cuando le dieron a oler ácido fórmico -la fuerte sustancia química que segregan las hormigas contra sus enemigos- me impresionaron más que las dimensiones de los colosales himenópteros y la supuesta profecía bíblica de que, tras la destrucción y la oscuridad sobre la creación, las bestias reinarían sobre la Tierra.

Con tan pocos años, yo no sabía nada de la secreta prueba atómica del Proyecto Manhattan en Alamogordo ni del miedo colectivo al fin de la civilización en la Guerra Fría. Tampoco entendía muy bien el efecto de la radiación nuclear sobre las minúsculas e inofensivas hormigas, que habían mutado en gigantes y peligrosos monstruos carnívoros capaces de extinguirnos.

Yo era una niña que debía estar en la cama a una determinada hora de la noche, como garantía de dormir lo necesario para mi desarrollo físico y mental, y con mayor razón si lo programado en televisión estaba calificado con dos rombos. Aun así, en aquella ocasión me dejaron ver el comienzo, pero no cómo terminaba, de “Una humanidad en peligro” (Them!, en inglés), aunque mi padre, al tanto de mi curiosidad infantil y con su parsimonia habitual, me fue contando el final de la película a la mañana siguiente, mientras íbamos en coche a las Escuelas Aguirre.

No recuerdo haber vuelto a ver, hasta hoy, aquella película estadounidense, dirigida por Gordon Douglas en 1954 y que TVE emitió en 1968. Un film de serie B, de bajo presupuesto, pero con un sólido guion y efectos especiales muy dignos para la época. Una producción cinematográfica con hitos singulares: la atmósfera de suspense sobre una investigación policial y científica que se aborda con cierto realismo dentro de la ciencia ficción; la inclusión de una escena donde se proyecta en el Pentágono, ante altos mandos militares y funcionarios del Gobierno de Estados Unidos, un breve documental educativo sobre el comportamiento de estos increíbles y organizados insectos, descritos en la película como la única especie animal, además de la humana, que hace la guerra; la colaboración de las autoridades políticas, las fuerzas armadas y los cuerpos policiales con los científicos para la gestión de la crisis, coordinando las acciones ante la amenaza mundial de estas criaturas, que me trajo a la memoria un coronavirus, una pandemia y una vacuna.

Un papel clave el de la Ciencia que encarnan en la película dos de sus protagonistas: los prestigiosos investigadores entomólogos -expertos en mirmecología o estudio de las hormigas- del Ministerio de Agricultura, que informan de la causa de la mutación, de la estructura social de estos insectos y de la vulnerabilidad de sus antenas, sus principales sensores. Estos y otros conocimientos imprescindibles para poder destruirlos. Y lo más sorprendente: uno de estos personajes es una mujer alejada de los estereotipos de género, una científica con un doctorado y de indiscutible autoridad en su campo, que se enfrenta con valentía al sexismo de la época.

El Cine con mayúsculas, como la Ciencia, también nos ayuda a comprender el mundo en que vivimos, reflejando realidades y amenazas existenciales, a veces con metáforas, que nos advierten de la estupidez humana, de las consecuencias de alterar la naturaleza y del peligro que entraña que hormigas gigantes asesinas gobiernen nuestro planeta.

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