Tres pares de ocas comiendo en la hierba no iban a desplazar a Zac Efron ni a Robert Pattinson de mi cuarto. Pero el papiro era un regalo de mi madre y no tuve más remedio que hacerle sitio entre mis ídolos del cine y la televisión. Tampoco pude evitar la mirada perpleja de mi mejor amiga intentando hallar alguna sombría relación entre las aves y High School Musical o Crepúsculo.
Aquella pintura reproducía los frescos de Las ocas de Meidum, descubiertos en 1891, a 100 km de El Cairo, por un arqueólogo británico llamado Flinders Petrie. Estos animales decoraban una gran mastaba de más de 4.000 años de antigüedad, la tumba del noble Nefermaat y su esposa Itet. Ellos se habían hecho enterrar a pocos metros de la pirámide de Snofru, el primer faraón de la IV dinastía egipcia.
Pero no piensen que yo disponía entonces de tan detallada información. A pesar de llamarme Nubia, como el antiguo reino del sur de Egipto -capricho materno-, yo no había heredado la pasión fanática de mi madre por el país del Nilo. Y mis conocimientos sobre la cultura egipcia se limitaban a algunas nociones geográficas sobre el río más largo del mundo -hoy sabemos que ocupa el segundo lugar después del Amazonas- y a una lectura obligada para la asignatura de Lengua: Bajo la arena de Egipto. El misterio de Tutankamón.
Pero los regalos de mi madre nunca eran lo que parecían. Y aquella pintura, que no encajaba en absoluto con la estética adolescente de mi habitación, guardaba un secreto que no tardé en descubrir.
La primera noche con las ocas en mi habitación tuve un sueño muy extraño. Los animales, que en el papiro se orientan de forma simétrica mirando tres a un lado y tres al otro, habían salido del cuadro distribuyéndose en círculo. Aparentemente custodiaban un inmenso huevo en el centro. “Somos las guardianas del huevo cósmico, de donde surgirá toda la creación”, dijeron a un tiempo.
Yo, que siempre ando sobrada de altanería, incluso en sueños, pregunté capciosa: “¿Y cómo defenderán ese huevo “cósmico” de una alimaña? Ustedes no parecen muy feroces…” -añadí con sarcasmo.
“Ante cualquier peligro y amenaza -respondieron-, cacareamos y provocamos un gran escándalo. Debemos proteger el huevo de los ladrones de tumbas”. Aún yo no había perfilado una sonrisa dispuesta a convertirse en risa malévola, cuando un viento gélido congeló la estancia. Y ante mi asombro, las ocas empezaron a emitir ruidos infernales armando tal alboroto que me despertaron. Entonces, miré de reojo al papiro.
Aparentemente, no se había producido ningún cambio en las posiciones de las ocas, pero tuve la impresión de que no era el mismo cuadro que yo había colgado unas horas antes. Volví a dormirme, aunque mejor debería decir que lo intenté, porque no pude pegar ojo el resto de la noche.
Aquel sueño, que aún producía escalofrío en mi piel y martirio en mis oídos, me persiguió al día siguiente. Y cuando regresé del colegio, lo primero que hice fue buscar “Meidum” en Google. Por supuesto, no me atreví a comentar nada a mis amigos en las redes sociales.
Las entradas de Meidum siempre remiten a la pirámide del faraón Snofru, rey del Alto y Bajo Egipto conocido por sus victoriosas campañas en tierras de Nubia. De nuevo, mi nombre. Su pirámide, según leí, es la más misteriosa de las grandes pirámides y en nada se parece a las famosas de Giza. Consiste en una torre de tres escalones que se alza sobre un montículo de escombros en pendiente.
La segunda noche con Las ocas de Meidum eclipsando a mis actores favoritos, entraron a robar en mi casa. Yo estaba dormida, pero las aves graznaron escandalosamente y espantaron a los ladrones. Desde entonces, si el peligro me acecha, sé que mis ocas me advertirán con su singular trompeteo.
Gracias, mami, por darme seguridad en mí misma.



