Recuerdo mi primer encuentro con los fantasmas del Foro Romano a mediados de los ochenta del siglo XX. Yo tenía 21 años y el pelo rizado con permanente. Viajaba por Italia celebrando “el paso del ecuador” con mis compañeros de Periodismo. Tras hacer escala en Florencia, epicentro del síndrome de Stendhal, llegábamos a Roma al anochecer. El Foro fue nuestra primera parada, aunque el recinto ya estaba cerrado al público. Aun así, pudimos verlo en perspectiva. Y allí estaba, esperándome después de tantos siglos, su pavimento de travertino.
A la vuelta del viaje, me encargaron que escribiera sobre la capital del Imperio Romano, una crónica que se publicó en un diario local de Móstoles. Hace unos días me encontré casualmente con aquel retórico texto, con aquellas tres páginas amarillentas de bordes envejecidos, con caracteres impresos a máquina, mecanografiados con mi Olivetti Lettera. Los ordenadores aún eran ciencia ficción para mí. Me asombra comprobar cómo se podía escribir sin ellos, a pesar de los errores tipográficos y los emborronamientos.
Yo había crecido, como tantos de mi generación, con la serie “Yo Claudio”, sobre el best-seller de Robert Graves, y después sucumbí a su legado, la serie “Roma”. He decidido rescatar mi texto. Una osadía después de haber leído el bello Diario romano, de Bruno Mesa, quien recomienda no guardarse nada en los bolsillos… que no sea el recuerdo imborrable del sentimiento. Volver ligero de equipaje, como diría mi amigo.
“Todo esto que ves, forastero, donde está la grandiosa Roma, antes del frigio Eneas eran colinas y pastizales”. Esto decía el poeta Propercio, de la época de Augusto, que nada sabía de las ruinas del Imperio. Esto decía de Roma, capital de césares y pontífices, antes del naufragio del exceso y la soberbia.
La antigüedad tiene el privilegio de hacer intervenir a los dioses en el nacimiento de las ciudades. El historiador latino Tito Livio reconocía este derecho a los romanos. Se refería a la leyenda de los orígenes de Roma, cuando las vacas fugitivas de Evandro sesteaban en la comarca del Lacio.
Los primeros hombres de la historia nos llegaron de la mano de Virgilio. Eneas, hijo del troyano Anquises y de la diosa Venus, embarcó rumbo a Italia “huyendo de las riberas de Troya por el rigor de los hados”.
Rea Silvia, virgen que custodiaba el fuego sagrado de Vesta, se dejó seducir por el dios de la guerra, señor de la vida y de la muerte. Rómulo y Remo nacieron fruto de aquella intemperancia divina; ambos se impusieron la tarea de construir una ciudad allí donde habían sido amamantados por una loba.
La fundación de Roma tuvo lugar en el año 750 a.C. Desde entonces, Roma permanece vagamente tendida en la orilla izquierda del Tíber, en la memoria de Adriano, con sus calles estrechas, sus foros amontonados, sus ladrillos de color de carne vieja.
Roma vivió monarquías, repúblicas, imperios, desavenencias entre los hombres con linaje y los hijos de la tierra. Mientras la ciudad tomaba cuerpo de Estado, medio mundo se convertía en provincia romana.
A los enfrentamientos entre cartagineses y romanos siguieron los triunviratos y las guerras civiles. Pompeyo y Julio César inauguraron con sus disputas las grandes dinastías imperiales. Octavio, Tiberio, Calígula, Claudio, Nerón, inmortalizados en bustos de piedra, fueron sepultados con el tiempo.
Pero un día alguien tropezó con el arco de Septimio Severo, uno de tantos emperadores romanos, inhibido del pasado e impenitente. Con el gusto romántico por las ruinas y las huellas perfumadas se inició la búsqueda arqueológica de aquellos bustos, de aquellas columnas, de aquellos templos. Y el Foro Romano, orgullo de raza perdido en llanuras pantanosas, se rindió firme a los pies del camino.
Con el Anfiteatro Flavio, más conocido por el Coliseo, el hombre moderno completa la perspectiva del Foro. Símbolo de la grandeza de Roma, fue construido por prisioneros hebreos para martirio de cristianos. Hoy amenaza con perder todas sus piedras, el sostén de sus muros, pero sigue imponiendo un respeto indebido y profano.
En honor de todos los dioses del Olimpo, Marco Agripa mandó erigir un panteón, con dieciséis columnas de granito gris y rosado en su fachada. Hoy también podríamos llamarlo “vanidad desenterrada”, ejemplo de la nueva infidelidad que ha de soportar el tiempo.
Roma es, en efecto, una torre infiel de piezas contrapeadas. Es la Columna Trajana, de 30 metros de altura, cubierta por un friso helicoidal que narra las empresas de guerra del emperador contra los dacios. Es el Capitolio, defendido por las estatuas de Cástor y Pólux en la cumbre de la rampa, sobre la balaustrada. Es el Teatro de Marcelo y el Catillo Sant’Angelo. Es, en definitiva, una eficaz redundancia.
Constantino, víctima del proselitismo religioso del siglo IV, multiplicó las basílicas cristianas. Convencida de la necesidad de los nuevos valores, Roma empezó a renegar de su exotismo, de su frivolidad, de sus creencias paganas. Se aferró a las catacumbas y guardó celosamente las cadenas de San Pedro. Cambió sus dioses voluptuosos por la voluptuosidad de los Papas.
Poco a poco, Roma olvidó su gloria y pasó a formar parte de los Estados Pontificios. Pero la unificación italiana, en 1870, le devolvió la capitalidad que por su situación y abolengo histórico le era legítima. Víctor Manuel II tuvo por ello un monstruo de mármol blanco registrado a su nombre. Grecolatino. Neoclásico. Con estatuas, propileos, columnas y escalinatas subiendo al Altar de la Patria, por encima de la Tumba del Soldado Desconocido.
La Ciudad del Vaticano, en la orilla derecha del Tíber, sobre los grandes jardines de Nerón, es todo lo que queda del antiguo poder temporal de la Iglesia. Menos de medio kilómetro cuadrado, aunque enriquecido, urbi et orbi, con las historias del Antiguo Testamento que Buonarroti pintara en la bóveda de la Capilla Sixtina.
Roma, la de muertes violentas y anécdotas sombrías. César, asesinado el día de los idus de marzo; Bruto, dejándose caer sobre su espada; Calígula, nombrando cónsul a su caballo; Mesalina; el incendio; el cristianismo; la invasión de los bárbaros; la marcha de los “Camisas negras” sobre Roma; y el Eje Roma-Berlín o el concierto totalitario.
Roma, finalmente, con legado etrusco, convertida en capital de la pasta, de la moda y del helado. La del Derecho, la del latín. La ciudad de las “piazzas”. Con la Fontana de Trevi. Con el Moisés y la Piedad de Miguel Ángel. Con los Borgia en el recuerdo. Entre la velocidad de los coches y el eco musical de la lira. Cerca del Mar Tirreno. Dormida. En la memoria del devenir bucólico. Incesante.



