Me acerqué al fenómeno del “tarantismo” por un trabajo académico que mi hija Maryola hizo cuando estudiaba Antropología Social y Cultural, en concreto sobre un texto del antropólogo Ernesto de Martino, extraído de su libro “La Tierra del Remordimiento” (1961). El investigador napolitano había realizado su trabajo de campo multidisciplinar sobre unas prácticas mágico-religiosas -el tarantismo- en Apulia, una oprimida región campesina del sur de Italia. Esta práctica realmente era una terapia coreográfica y musical de un mal que afligía sobre todo a las mujeres, en verano, y atribuido a la mordedura de una araña, la tarántula. De ahí el nombre con que se conoce al fenómeno y que, a su vez, alude a la ciudad apuliana de Tarento, donde abundan estos arácnidos debido a su seco clima mediterráneo. Las personas supuestamente «atarantadas» muestran un comportamiento histérico y convulsivo, como si sufrieran una crisis de epilepsia. Su curación pasa por una especie de exorcismo con música, baile y colores, en un ritual colectivo en el que interviene un santo y por el que hay que pagar un precio. La creencia de que la persona con picadura de tarántula enloquecería si no bailaba la danza local de «La Tarantela», una melodía conocida y aprendida en todos los pueblos del sur de Italia como una canción infantil, existía en Apulia desde la Edad Media. Esta danza supuestamente imitaba el comportamiento reproductivo de la danza nupcial del macho de la tarántula. El atarantado o la atarantada se identificaba con el animal realizando movimientos que lo imitaban. Después elegía una cinta de un color, que debía ser la adecuada a “su” tarántula. En la fase de lucha y superación, se derrotaba a la araña. Un exorcismo musical que a De Martino le recordaba la catarsis musical practicada en toda Grecia por ménades, bacantes, coribantes y todos los que en el mundo antiguo participaban en una vida religiosa agitada por el la orgía y el delirio.
Cuento esto porque la creencia de que la música, el baile frenético y la sudoración actuaban como único antídoto ante la picadura de una tarántula, conecta también con los palos flamencos que nacieron en las Cuevas del Sacromonte, refugio en el siglo XVI de musulmanes y judíos marginados y expulsados tras la toma de Granada por los Reyes Católicos. A estas comunidades que se resistieron a las conversiones forzosas se unió la población gitana nómada, el pueblo romaní con siglos de diáspora a sus espaldas desde que fueron obligados a abandonar el subcontinente indio donde se originaron. Y en aquellas cuevas, clandestinamente, se produjo la fusión de estilos, el mestizaje musical, el embrujo del baile. Las primeras “zambras” flamencas recrearon de forma dramática las bodas moriscas y la danza del vientre con la fuerza gitana. Música andalusí, “el aroma de Granada”, que también llegó anoche, pura sinestesia, de la mano de unos artistas que dejaron hipnotizados y en trance a un público tinerfeño extasiado.
El mensaje del antropólogo italiano lo recogió Sydney Pollack en su película «Danzad, danzad, malditos» (1969), inspirada en uno de los maratones de baile que se organizaban en Estados Unidos en un período de dificultad general e inestabilidad personal: la época de la Gran Depresión tras la caída de la bolsa de Wall Street o Crack del 29. Un ambiente de miseria en la que personas desesperadas acudían a esa convocatoria para ganar los 1.500 dólares del premio y como medio de supervivencia. Mientras, los organizadores se aprovechaban del degradante y cruel espectáculo que los concursantes ofrecían bailando hasta el límite de sus fuerzas durante días ante un morboso público que pagaba por verlo y que olvidaba así sus propios problemas. Los protagonistas bailaban día y noche, al ritmo de la música, frenéticamente, como si estuvieran poseídos por un espíritu maligno, y lo hacían ante la comunidad. El exorcismo era obligado para purificarse de alguna manera y dar salida a esos conflictos psíquicos, que suelen estar derivados de condicionamientos socioculturales.
Pollack, como el antropólogo italiano, habla en sus obras de la condición humana. Por eso, ahora yo me sirvo del título de la película y les digo al bailaor Rober “el Moreno”, un terremoto de máxima magnitud sacudiendo el espacio con sus grandes manos, de largos dedos, y zapateando enérgicamente el suelo con sus pies a la velocidad de la luz; a la bailaora Alba Heredia, un brioso huracán que florea y lanza con violencia peinetas al escenario; y los demás artistas del Festival Flamenco Rumí 2.0 -el guitarrista, marcándose un solo intenso; Eloy Heredia, tocando la flauta dulce con aire oriental; y los cataores, palmeros y percusionistas de “cajones” con firma de famoso luthier-, que ayer actuaron brillantemente en el Teatro Leal de La Laguna (Tenerife): “Danzad, danzad, malditos, obligad a la araña a bailar hasta que se canse, perseguidla, haced que huya del pie que la acosa, o aplastadla y pisadla golpeando violentamente el suelo con el pie al son de la tarantela.” Derrotad a las tarántulas y expulsemos todos juntos a los demonios de nuestras vidas.
#TeatroLeal #Flamenco #FestivalRomí
Espectáculo: “El aroma de Granada: Las cuevas del Sacromonte”. Teatro Leal de La Laguna (Tenerife).





Un comentario
Que interesante historia la de este baile. Gracias por contarla